Cuando el hambre de lo efímero se apaga,
Y el fuego del orgullo ya no quema,
Cuando las sombras que perseguimos se disuelven—
El corazón comienza su lento retorno.
Como recién nacidos que sonríen al día,
Sin miedo, sin culpa, sin forma,
Sentimos el mundo de maneras más puras—
Cada lágrima y risa sin nombre.
Las lágrimas no son debilidad, son lluvia,
Cayendo de nubes que no pueden más.
Cada gota, un himno, un dolor sagrado,
Que limpia más de lo que imaginamos.
El niño interior conoce el camino—
Llorar al doler, sonreír al sentir.
No se oculta, no miente,
Simplemente siente lo que debe hacer.
Deja que la ambición pierda su filo,
Que el silencio sea la llama sagrada.
El alma brilla más cuando se quiebra—
Y nunca se atreve a amar igual.
No calles el llanto, no condenes el dolor,
Solo sostén el corazón que empieza a ceder.
Sanar necesita una mano más suave—
No un juicio, sino un amigo que escuche.
La felicidad no es una persecución,
Es descansar cuando el mundo parece inmenso.
Acepta el destino, abraza las lágrimas—
Y lentamente, regresas a tu interior.